• These are fiction stories taken from real life

    portraying humankind's present situation

    Photos by M. V.

  • LA CANASTA BÁSICA

     

    Zigfrido y Mordelia buscaban más allá de la canasta básica cuando de pronto, ya entrados en agosto, se soltó el taquete de la viga madre, madre de todas las cosas. La techumbre se liberó de sus tensiones estructurales y las tejas volaron como las escamas de la mojarra en la pescadería. Se botaron los fusibles y el soplo primordial llegó al vértice del códice Borbónico.

    Las mitocondrias de la doncella se abrieron al hiposulfito y la dilatación del sistema alveolar se produjo en línea. Los campos de cinabrio alcanzaron su incandescencia y la torta intermedia derritió sus inmediaciones.

    Por su lado, el complementario, transformado ya en paralelos autorregulados, se instaló en el fondo, abarcando toda la percepción latente.

    Siendo este el panorama de la situación adyacente, el espejo humeante giró en las cuatro direcciones y se detuvo en la diagonal entre el fuego y la madera, apuntando hacia el ocaso.

    La túnica mamífera de Tezcatlipoca dio un giro de aspas y eliminó al coordinador sustancial. Pintada la cara de negro, inhaló la estela de Andrómeda y emitió un sabor metálico a sus escamas de nácar y obsidiana. La batalla final se llevó a cabo en la intención, máxima espiral de ascenso en el subconsciente histórico.

    Cada quien en su momento, cada cual en su versión, se difundieron las esporas de la vida en turno. En cada generación se produjo un cambio de reactivos y en cada cambio se abrieron bifurcaciones alternas. Cada vez sin embargo, se arrasaba con el entorno, sea por razones de deber, de moral, de poder o de miopía mental.

    Privatizaciones, chantajes, favores y sueldos inventados son lo que ahora permean el horizonte. Básicas son las canastas que entre las hormigas rojas se distribuyen, básico es el trayecto que en estos tiempos nos ocupa.

  • LAS NUEVAS FORMACIONES PÉTREAS

     

    En la era Siluriana del paleozoico, hace 420 millones de años, se desarrolló el primer insecto rudimentario. Su estructura de shellac lo protegía de los depredadores del subconsciente.

    Luego transcurrieron más de 200 millones de años. Volcanes formaron nuevas formaciones pétreas y todos los continentes se unieron en la pangaea seguido por la aparición del primer dinosaurio.

    En el plioceno, hace apenas 4 millones de años surgieron los primeros ancestros del humano, abuelos del australopitecos.

    Hoy en día, siendo la millonésima parte del 1% de las especies que sobreviven sobre la tierra, los humanos se dedican a manejar la corrupción respaldada por una profunda estupidez. Oscuros personajes con grandes egos y poca monta, como granos de arena en una de las muchas playas contaminadas, siguen pensando que todo se lo pueden embolsar descaradamente, hasta las mismas playas que con nuevas legislaciones ya se han robado…

    No cabe duda que regresamos a tiempos de tinieblas y barbarie donde el pellejo reemplaza al cerebro en el cráneo de los dirigentes. Arremeten para instaurar el terror, un preludio hacia grandes catástrofes, empezando con violaciones a los derechos humanos.

    Como con la destrucción de Afganistán e Irak por los anglosajones, de México tampoco se opina gran cosa en la prensa internacional, ya que con el gobierno ilegítimo, el occidente puede seguir chupando y desangrando al moribundo, que con atolito se sigue manteniendo vivo.

    Mientras tanto, la sociedad en su microcosmos sigue ocupándose de la sobre vivencia: la reproducción, la comida y lo inasible de la muerte. Se enamoran y se divorcian por estupideces, malos entendidos, la soberbia y el rencor que se reproduce sobre burbujas vacías y banales. Anhelamos ser comprendidos, nos sentimos defraudados. Miramos solo por un hoyito. Del paleozoico a la fecha, las cosas solo empeoran…

  • LA PIEDRA OLMECA

     

    Despuecito del año nuevo, cuando Silvandra Gaturdo Machado pasó a la sala de inscripciones le hicieron firmar su alta y una absolución de gravámenes para el doctor en turno. Le pusieron una vieja bata y pasó directamente al quirófano. Ahí estaba ya el doctor Primitivo Tortajada Garduño leyendo las nenas vaqueras del norte. Con ademanes, la hizo acostarse sobre la mesa de operaciones mientras se sacaba el puente antes de cubrirse con el tapabocas. En seguida entró el anestesista Gremencio Pulido Barbosa, y sin postergar las anécdotas semánticas, volteó a Silvandra y le hundió el catéter en la vena.

    Silvandra perdió el conocimiento mientras la conectaban a las turbinas del alveolo electrónico. Primitivo tomó el bisturí de la charola y abrió la pústula para insertar la succionadora hidromagnética. Anardulia Bustillo Paredes, la enfermera de cirugía orgánica, le pasó los lentes y la cortadora DeWalt. Se bajó la careta y observó como el disco se hundía en los tejidos adiposos produciendo un espiral de colores primarios. Desgraciadamente, en el despilfarro de lo fortuito, el doctor se confió con el nuevo aparato, y como con Fito, el diafragma de la tratada entró en síncope cardiaco. El pulsador imantado empezó a mostrar depuraciones en la catarsis de la hipófisis y las moscas empezaron a pegarse al charco de líquidos seminales. Gremencio, entonces, tuvo que poner otro catéter en la carótida. Los espasmos ventriculares empezaron a perder metodicidad y los ritmos secuenciales del flujo sanguíneo se asociaron con los vectores intrauterinos. Anardulia tomó los tobillos de la paciente, y con el carrete y el gancho inoxidable, la levantó hasta que el eje de sus vísceras cambió la postulación del sueño. De inmediato Gremencio retiró las espigas del catéter primario y abrió las llaves de hidrocarburo hacia las tuberías del alveolo. Primitivo centró la lente sobre la pústula necrosada y pasó el mando a los instrumentos en pantalla. Bajó las palancas de obturación y enchufó una carga de gas en la caja toráxica para iniciar la separación celular de los órganos entumidos. Sonó el teléfono y Anardulia contestó. Era la abuelita de Primitivo que se reportaba de nuevo. El catéter de la nuca se safó y el fluido empezó a salir. Gremencio puso un torniquete y buscó un conector de media con rosca milimétrica. Insertaron cuatro taquetes pilotos y una placa de conducción centrante. Enseguida, para restaurar los niveles de vacío, enchufaron un empalme hexagonal con válvulas en línea. La paciente empezó a hincharse y su color cambió drásticamente; la lengua se le enroscó en un espasmo sostenido. La situación tomó un nuevo reverso y Gremencio miró a Primitivo con designio y sopor. “Primi”, como le decía su madre, entendió que las cosas habían llegado a su límite. Tomó el interfón y llamó al Ingeniero Póstumo Jergaza Barranco, manager de los “ancianos”, un grupo de regenerados que ejercían ya a otro nivel. Se trataba de Moderno Burguitos Urrutia, Zarcómodo Medrano Gorozpe, Pidómoro Verbazco Chistorra, Singardo Cojones Miardilla, Ecúmeno Torunda Mosquillo, Serapio Gorgonzola Del Tostillo y Probolemio Quiñoza Bordura. Los interpelados llegaron en un vehiculo sin chasis y se quitaron las chaquetas rojas. Rodearon a la paciente y se tomaron de las manos. Los doctores dieron un paso hacia atrás y observaron como Singardo Cojones Miardilla empezaba a retorcerse y desenfocar mientras que Zarcomodo, Pidómoro y Probolemio le ponían a Silvandra las manos en el vientre con la mentada piedra Olmeca. La paciente empezó a respirar retroactivamente, eliminando sales de boro por la epidermis, hasta que Serapio le tomó el pulso y se puso a vomitar en una cubeta de manteca Inca. Salieron varios grumos malolientes y entonces Silvandra empezó a sincronizarse con el alveolo. Primitivo la desenchufó y Probolemio le presionó el punto jing de la pituitaria. Los siete gallardos habían triunfado una vez más ante los embates de la huesuda y la paciente recobró la razón. Claro, era ya otra razón, no la común ni la corriente, pero la de gente sin ron y don.

    Gastón el del bastón, llegó por Silvandra para vestirla como a Doña Sandra, la tía de Panchito Alarcón.

  • EL ESPEJO DE OBSIDIANA

     

    El tlacuache esperaba el momento, pero el momento se retrasaba como espejismo venidero. Aunque ya era febrero, el tiempo pasaba y las razones del espejismo eran variadas y continuas. Si no era por Chana era por Juana y si la razón era importante, elegante o latente, se quedaba uno como idea sin patente. Si se trataba del yin y del yang resultaba demasiado importante para repelar. El corazón esperaba, la tripita se enfriaba.

    Un día, del cielo bajó la reina Primigenia con un ramito para el tlacuache. Este ya tenía el espinazo adolorido y la mirada apartada. El ramito lo reanimó pero como la reina pronto se fué, el tlacuache solo se quedó con el ramito, que pronto se marchitó. Nuestro héroe estiró una patita pero pensó mejor irse a tomar un jugo. Por lo menos el sabor lo animaría. Fue al puesto y pidió uno de zapote negro con mandarina. Mientras tomaba, pasó el pollo y con su fervor batió las alas. No eran más que bajas piltrafas. Luego se le apareció la virgen y con su resplandor le alumbró los ojitos. Maria Dina afirmó que era la luz interior, pero Jaime intervino y reestableció el breaker, que aunque de uso, todavía le tapaba el ojo al macho. Cuando terminó su jugo, ya dos moscas esperaban el vaso. ¿Era acaso un fracaso? “No”, dijo la rana desde su ventana, ella que conocía el espejo de obsidiana. “el espejo tiene un fondo, aunque su reflejo es lo que en verdad queremos ver”, dijo en zapoteco.

    El coche se aproxima y el espejismo desaparece. El amante se acerca pero la mano se retira.

  • LA COLA

    La temática de la incertidumbre es un elemento existencial en los momentos claves de la espera en una cola. Se cambia el peso de una cadera a otra de manera casual. Se enfoca la vista a lo lejos con la esperanza de ver un movimiento en la cabeza del animal. Se empiezan a oír gruñidos y pujidos, aunque aullidos seria elemental. Lo latente se vuelve palpable, lo palpable, un anhelo. Ingratos son los que sin el menor recato han dejado el tiempo de los demás filtrarse por la coladera del olvido. Infames y nefastos, insensatos y pedorros, por no decir peores adjetivos.

    El tiempo perdido es lo que nunca regresa…

    Cuando de pronto se siente un movimiento intestinal, se renueva la esperanza, a sabiendas sin embargo, que la tramitación de cada individuo tiene un lapso promedio. Se calcula, se multiplica y se llega a conclusiones a veces desgarradoras. Están aquellos que doblan las manitas y abandonan las filas, otros se resignan a perder citas y oportunidades. Los menos aptos pierden los estribos y hacen rabietas. Cuando el duodeno se alía con el esfínter, la espera no vale. Hay que atenderse e ir a los servicios. Por lo general, éstos no se ven en las inmediaciones. Nadie sabe de ellos. Y cuando por fin se les encuentra, están atascados y el papel es solo un anhelo. El desdichado, luego de un desesperante episodio, regresa cabizbajo con la zozobra de no volver a recuperar su lugar en la fila. Le apesta la cola. Si hay codicia empiezan entonces los empujones, los gritos y los derrames. En una ocasión a quien solo un turno le faltaba, al ver que por razones burocráticas la ventanilla se cerraba, la úlcera se le abrió y en un espasmo final derramó la bilis entre burbujas y parásitos en fuga. Solo entonces abrieron la ventanilla pero para escudriñar al desdichado.

    Los buitres llegan, interrogan y amenazan. Lanzan carnadas y por lo general se llevan a rastras al primero que olfatean con debilidad.

    …Fue así como el 15 de julio, Margarito Mechado Baldoza llegó a las instalaciones de la policía judicial. En el trayecto le pegaron con equipo de hule importado. A su llegada lo empujaron a un cuarto en la penumbra de la pestilencia institucional. No sabía ni qué razonar. Los hechos y su desdoblamiento kafkiano lo habían atolondrado. Los macanazos inesperados le habían roto el puente y los dientes postizos.

    Llegada la noche empezaron los escalofríos mientras transitaban los grises entre los bultos de melcocha sin nombre. Entonces aventaron a otro adentro. Este llevaba ya la mirada perdida, el sentido dañado.

    Y fue así como empezó el nuevo sexenio, entre marranadas y carcajadas, destapando las desinhibidas ventosidades de la nueva represión.

  • LEYES

    La sacerdotal ambivalencia, latente y patente durante los deslaves mentales de Gornicio Chuyette Miranda, tecnificaron la decisión tomada por la junta consultiva. El Licenciado Mirpundo Galvan Tostada, acompañado por su vocal, el contador Sordumenio Carcindo Barrotes y por el secretario adjunto, Luís Demerto Galloso Chasquido, se tornaron implacables cuando el día ocho de mayo el martillazo finalizó la sentencia decretada. Se trataba desgraciadamente de un caso sin resoluciones alternantes puesto que las leyes, modificadas bajo el sexenio senil del anterior mandatario institucional eran absolutamente imparciales e inalterables. Por otro lado, en el renglón posterior, la señorita Crisorda Beltrán Quijada, nuera de la viuda, se encontraba deshecha en un maloliente rincón de la sala de audiciones. Los músicos pasaban sin cesar jalándose las cuerdas instrumentales para ensartarlas en sus clavijeros. El tráfico, ensordecedor por naturaleza, picaba con su tufo las papilas gustativas mientras que las mil cejas peludas mostraban la lenta degradación del mosaico social. Un millar de zapatos desfilaban y desaparecían ante la premura de la cita.

    De pronto, un magistrado, el Lic. Masturdo Vergara Boludo interrumpió la precaria soledad de Crisorda; Venía a desechar sus ultimas infamias dirigidas al invicto.

    “La tetona”, decía el magistrado, “se dejó agarrar por Gornicio” y “Morchito Señudo el tullido aprovechó para sonsacarle el desayuno”. Sin entender la retórica profesional de los abogados, Crisorda intuyó que las cosas no iban bien y su tos volvió a interpretar un abanico de efectos sonoros. Entonces el Lic. Vergara sacó su pañuelo y se sonó hasta la pituitaria.

    Eventualmente el crepúsculo de la continuidad empezó a materializarse y la intendencia se movilizó para que los enfermeros se llevaran al letrado. Crisorda, sola ante los acontecimientos en proceso, se acurrucó un poquito más.

  • QUETZALCÓATL HACE OTRO INTENTO

    “No da una la vieja” decía Herminio Bustamante mientras se tomaba otra.

    Cornelio Mendieta se canteó sobre el chaflán de la barra y con mucho estilo esbozó una sepulcral ventosidad. El pájaro de Nachito el mudo dio unos saltitos en su jaula y dijo: “Pásame la torta Chito” por lo que el licenciado Barradas Nolasco, ya pasadito de copas contestó con un bostezo húmedo y cavernoso.

    Fue en ese contexto cuando entró al salón el licenciado Mirdotulio Zaporra Gaudines, conocido como “El blando” debido a su blanda y sudorosa mano. “Los lechoncitos de Doña Zulema Muñoz Yáñez se fueron a la zanja”, anunció. Nicavedro Dolores Pangarria demostró cierta consternación mientras que Chipóclido Mordazas Bañeto le mentaba la madre a la cacatúa enjaulada por haberle sustraído sus polvorones. Nachito lo tomó a pecho y se abrió la camisa para desafiar al grosero. “Lechoncitos o marranadas” agregó el diputado Herminio Borunda Mosquillo, “que no me vengan con mamadas”. “Ya les decía yo, ni con los lechoncitos puede…” “¡que le quiten el permiso!”.

    Y fue así como al día siguiente, luego de un supuesto debate, se anunció en el noticiero el revocamiento de los derechos de la mujer.

    Bajo protesta de decir verdad y con el código civil como punta de lanza, revirtieron la resolución número 835 de manera retroactiva y definitiva.

    Las estéticas y los puestos de tortas de pollo empezaron a cerrar, las misceláneas “La Providencia” fueron sancionadas y se prohibió la venta de manteca para los puestos de churros. Finalmente se repartió una canasta básica con derivados de Bimbo y a los cobradores en los autobuses de segunda se les impuso un delantal de polipropileno. El candidato recibió los dividendos de todo el gasto erogado de la campaña de difusión masiva y los diputados gozaron de descansos, puentes, vacaciones y días festivos pagados.

    A su regreso, retomando el desacato, impugnaron a los egresados, relegaron a los aspirantes y se capitalizaron con la tranza.

    Amanecieron los borrachos como moscas abatidas esparcidos frente a la cantina en un mar de acuosidades. Cuando pasó el camión del gas promoviendo el metálico wawancó, Orfeo se vió temporalmente relevado de sus funciones y los malolientes bohemios ascendieron a una virtual superficie. Como gupis en un acuario, esbozaron unos eructos y se volvieron a sumergir en el estupor de la cajeta mental.

    La borrachera en su máxima expresión era el foro ideal para pronunciar arranques finales y decretar enmiendas a la Constitución. Así pues los pudientes gobernaban y la nueva moral en los textos educativos se degradaba. La historia de México se reinventaba y las nuevas cuentas suizas de los jóvenes políticos aumentaban de manera exponencial. En casa, la televisión ofrecía monos japoneses para los niños, predeterminándolos a la violencia con un futuro en instituciones controladas, Así se seguía alimentando el aparato represivo institucional que desempeñaba sus labores al mando de sádicos y degenerados. Finalmente, se mandaba a los ancianos a asilos terminales y las farmacias estatales negociaban con los doctores adjuntos para sistemáticamente suministrarles estupefacientes que se les cobraban a los familiares como parte de ¨los cuidados personalizados¨.

    Fue así como Quetzalcóatl encontró el panorama cuando se asomó desde el espejo humeante en vísperas del milenio venidero. Le habían dado chance para prepararse y llevar lo necesario. Según los chamanes ya le tocaba regresar para poner orden en el caos que ya se veía muy avanzado. Los tres hechiceros que lo habían adormilado para desencadenar el ciclo del jaguar se habían topado con imprevistos de fuerza mayor por lo que, cual choferes del servicio urbano, se habían dado a la fuga dejando botada a la unidad en el camino. Ni siquiera los perros, que habían enviado a su mensajero con una carta para Tlaloc, habían recibido respuesta alguna. Seguían los pobres sufriendo abusos por parte de los humanos. El mensajero debía pasar por difíciles parajes con fieras, espíritus chocarreros y seres inorgánicos, por lo que le habían introducido enrolladita la carta en el culo (papel Amate tamaño carta) para que pudiera servirse de su hocico para defenderse y lidiar con las delicadas situaciones del viaje. Hasta la fecha, cada vez que un perro encuentra a un desconocido entre sus congéneres, va inmediatamente a escudriñarle el culo para ver si acaso no es él el mensajero que regresa con la tan esperada respuesta de Tlàloc.

    En fin, las cosas no pintaban bien y cuando finalmente Quetzalcóatl llego al zócalo en el Buen Fin para desempeñar la introducción hacia la nueva era con la danza del sol, descubrió que ya había una serie de extraños compañeros mal arropados que bailaban algo que poco se parecía a la dichosa danza sagrada.

    Los hechiceros habían dejado el caldo cocido: el fraude estaba solucionado, la derecha instalada, las mentiras encubiertas, el poder vendido a los gringos y la represión en puerta. Solo se necesitaba un acto explosivo para desencadenar la desgracia.

    Quetzalcóatl, entonces, sacó su cajita de palo mulato y la abrió para consultar a la hormiga roja, quien de inmediato le mordió el dedo. En seguida nuestro héroe se transformó en hormiga negra y juntas fueron a hablar con Tlaloc. “El mojado”, como le decían en su casa, estaba en su tina de molcajete cuando éstas lo interpelaron.

    “Por medio de la presente” dijeron las hormigas, “hacemos constar, que ante las autoridades competentes en el ramo, venimos a pedir su augusta dirección”. Y fue así como empezaron a plantearle la paupérrima nomenclatura en la que se encontraba el mundo sumergido. El licenciado Tlaloc, máxima autoridad ante las deidades de la zona, mandó llamar a Toyochaucli para que le pasaran la toalla y las pantuflas. Desgraciadamente en la transición entre la lluvia y la sequía, la toalla pasó a traer a las hormigas y nunca más se supo de ellas.

    La desgracia se consumó y como ha sido ya el caso, en el nombre del señor, y con puro atole con el dedo se sumió al país en una época de tinieblas, mentiras y despilfarro institucional.

  • LA TRAGEDIA DE GARCITO MENDIOLA Y CHAGRAPITA LOZANO

    Garcito Mendiola y Chagrapita Lozano decidieron contraer las grapas. Se hizo una gran changada y hasta vinieron los Quijada.

    Para la noche del virtulio, Garcito fue con Chagoya y su anaconda le mostró el changuito.

    Ya de regreso, entrada la torta, la zancada se alargó y llegaron anca Chana.

    “rana le dijo Leonina y la gana se le fue a Juana” advirtióle Chana.

    Entonces Garcito incitó a Chagoya y se fueron a Tlapacoya a comer anca Toya frijoles de olla. Mientras tanto, Chagrapita, en el cuajo de un arranque de largo, se fue al cargo y ni la pizquita se le vió por el fundo.

    Garcito, a su regreso, sacudió el estofado y la canela se regó en el queso. Vió que Chagoya sacaba la polla y entonces Chito encendió la soya que con tanta rolla se había sembrado en la choya.

    No quedó del caldo más que puro recuerdo de una tragedia que la providencia dejó en el rancho.

  • GAMILDO Y SODOMETRIO

    Gamildo Ranolis Margato se sentaba en la banqueta caliente para hurgar, con su penetrante mirada, entre las nubes que blandían, cada una, su intención final.

    El muchacho giraba con la rotación terrestre y respiraba los colores del crepúsculo.

    De pronto, sin aviso en lo precedente, con antelación a lo inesperado y en la incertidumbre de lo fortuito, Sodometrio Porrua Lamosa se hizo presente y dijo: “no manches, morro, amárrate los tirantes”, por lo que nuestro héroe se quitó los lentes y escupió su chicle para meterse una paleta.

    Sodomis, como le decía su abuelita, se sentó junto a Gamildo, sacó un bolis y empezó a chuparle la esquina. El jugo azul se desvaneció, dejando el hielo aclararse hasta llegar a su constitución original. Gamildo aún tenía combustible en su paleta: Estaba dura como un fósil y duraba como las etapas del pleistoceno. Luego de un momento ilimitado, Sodomis dijo: “no manches, ya muérdele Gamis”. Entonces Gamildo mordió y el Cointreau salió de su oscura morada, produciendo el efecto preconcebido. Gamis arqueó el espinazo y sus ojos perdieron el encanto de la juventud. Su dermis enrojeció y el esfínter se le desvaneció.

    Como gatito gimió y como perrito se rascó el cogote, mientras que Sodomis recogía la envoltura de la inmoral golosina.

    El sol se tapó de cochambre al paso del urbano y en el subsiguiente renacimiento de la estrella, se materializó la mamá del drogadicto.

    “Ondestabas” gritó Doña Nicasia, “ya sestá enfriando el adobo”

    Gamildo corrió a meterse y a Sodometrio se lo cargó la pedorra. Los frijoles habían empezado a someterlo por enésima vez.

    Fue así como terminó aquella tarde, grato recuerdo de una infancia formativa.

  • MELQUIADES Y LA MARRANA

    Melquiades y la marrana se fueron a Tlapacoya en el de la una

    La marrana viajaba amarrada del tobillo en el pasillo

    Melquiades abrazaba la olla con tamales como si la rana estuviera a punto de saltar

    Cada pasajero abrazaba a una, actriz estelar en su vida

    Los baches y la tuna le picaban a Tiburcio en la cuna

    Su mamá era novata y en la bruma no daba con la tuna

    Cantaba y susurraba pero el mocoso no dejaba

    Entonces se zurró pero la mamá no daba

    Melquiades se tapó las narices

    ¿Sería el pañal o la marrana?

    Nicomedes Basurto Porrua tuvo que retroceder para devolver la torta cubana

    Llevaba jamón de puerco, mayonesa y un chilote bien dado

    La combinación procesada era escalofriante

    El hedor en el pasillo asfixiante

    La radio del chofer aturdía los tímpanos de manera incesante

    Cirilo Pomporria Hurtado, vecino del vomitado, hacia muecas y estiraba el pescuezo tratando de recibir la bendita corriente del aire entrante

    Si entraba, también salía, y si salía, se llevaba el aire menguante

    El arte de la respiración tomaba de pronto una importancia sobrecogedora

    Los sabios taoístas habrían derivado muchas enseñanzas del momento

    Habrían demostrado la importancia de la inhalación y por lo tanto la necesidad imperiosa de la exhalación

    Freud habría hablado de la madre, Dante del infierno, Bush de dios y el bebe de la chichi

    En Alchichica se paró el autobús, que siendo indirecto recogía pasaje

    Con cafecitos y letrinas amoniacadas tomaba un respiro.

    Entre los migitorios se guarecía el pederasta, que como morena salía de su guarida. Con mano húmeda y fría abordaba al incauto, quien apenas traumado permanecía anonadado.

    La bocina anunciaba la partida, la vecina la salida y la cecina la mordida

    El niño Wenceslao Balbuena Moldarga todavía masticaba el salado músculo bovino

    Las hebras se le atoraban entre las muelas y con la salsa, el chorrillo anunciaba su llegada

    Sudor frió, momentos en trámite, miradas desesperadas

    No quedaba mas que doblegarse ante la natura, la premura y natural holgura

    Lo esperaban todos ya trepados con cierta censura

    Mientras tanto, sigiloso, Don Jero el ratero extirpaba el recurso del saco de Paco

    En el baño terminó el derroche

    Su abuelita lo esperaba casi en infarto

    Fartómido Cañuelas Gañoso titubeó antes de sacar su gansito

    Esperaba el llavazo de la marcha para rasgar el conocido envoltorio. Volteó a diestra y siniestra, se rascó la cresta y tomó la desición

    Como era ruidoso, siendo él morboso, se enfrascó en el gozo

    Cipriano Saldaña Basurto cabeceaba vertiginosamente repegándosele a la señorita Dolores Muñoz Aburto y en cada curva se le arrimaba como bulto.

    El señor Ito, aunque japonés, era de Quito. Sin titubeos se rascó el pito, y como habanero había comido, pegó un grito

    El bebé se despertó y la marrana se orinó, ya no se aguantaba

    Sufrió entonces represalias educativas y su trauma infantil se recrudeció

    El autobús llegó por fin a Tlapacoya, donde por los baches no pudo entrar a la Terminal

    Se bajaron los pasajeros en la calle junto a un puesto de cueritos y momocho

    Un vocho pasó y a Melquiades, con el charco salpicó. Este vociferó pero nada sucedió

    El negocio entonces se cuajó y al puesto a la marrana vendió

  • LA PECHERA DE JADE DE QUETZALCÓATL

    “Chichitos, chichitos”, le decía el totol a la cocolilla, mientras le rociaban keroseno gasificado en las estrías de crecimiento.

    Fue así como erradicaron por completo los últimos vestigios del gran pajarraco sedentario. Se trataba del Licenciado Primitivo Madrazo Pujido, infame procesador de Saraguatos, despilfarrador de cochinilla y asesino de la tundra imaginaria en la Selva del jaguar.

    Los Chaneques ya no podían con el licenciado. Le habían mostrado el reverso del espejo humeante, se le habían aparecido con plumajes y obsidianas y ahora hacían la danza del sol con deshidratados concheros en el zócalo.

    Pero nada satisfacía el hambre ancestral que escurría por debajo de su corbata negra, cobra del bajío. Había comprado su saco en Sack´s en la quinta avenida, en un viaje de lucro y vandalismo moral en compañía de su ciega y demente madre.

    Fue así como desde la nada, entre dichos y hechos, en el entredicho de lo deshecho, el infeliz marrano se deshizo de toda vergüenza y le vendió al Yanki todita su madre.

    El sepelio fue fortuito y la maña se confirmó con mano negra. Las arcas del imperio fueron vaciadas y en abril le entregó al Smithsonian la pechera de jade de Quetzalcóatl.

    Una vez más se verbalizaron pronunciamientos irreverentes. De inmediato los guaruras abatieron sus lentes espejados y las aspas del helicóptero destazaron la brisa furtiva de la esperanza, elevándose por encima de los cielos.

    El chancro empezó a cundir entre la plebe y el cóctel de camarón se envenenó con la cuchara metálica del poder. Las moscas llegaron, la vida se enjutó. Cucarachas y alimañas se apoderaron de la incertidumbre. Viudas gritonas y perros hambrientos merodeaban entre los charcos de catsup y mostaza escupida. Los blindajes del yanki se instalaban y las estudiadas estructuras tomaban formas impredecibles. El licenciado Madrazo no volteó a oler su pasado. Solo en fotos quedó el mexicano sirviendo bloody–maries a los Smith y a los Watson, en escenografías de San Miguel de Allende y Manzanillo con indígenas vendiendo tunas en el fondo.

  • LA VELADA

    Clortímodo Vergara, Neofendro Paredes, Repúrgamo Nolasco, Cagamito Pedraza, Párcimo Morales y Cuasimodo Libreros salían de la cantina, donde habían ingerido grandes cantidades de estupefacientes. Se tambaleaban, alardeaban y despotricaban hasta que el mas ruidoso de todos acometió con un regreso de lo más personal: devolvió el estofado de marrano, los frijoles bayos y enterita toda la moronga. Claro, como dirían los del otro lado, con su greivy de rigor.

    Sucedió que en esos momentos salían de un taxi unas guapas muchachas que regresaban del nuevo centro comercial “Las Animas”, donde se había inaugurado alguna gringada más, resultado de las transacciones gubernamentales con los implacables vecinos. Había ahora “gangas de media noche” con 20% de descuento en blancos y ropa de temporada. Cuando el lote de tomados vislumbró a las nenas, empezó el tarareo con el requinto de Cagamito. Clortímodo, Cuasimodo y Repúrgamo entonaron los bajos mientras que Neofendro le pegó a la lata y Párcimo se aventó un falsete. Las interpeladas escupieron unas risitas babosas pero pronto cayeron redonditas. No cabía duda que los muchachos dominaban la secreción. Se había hecho un estudio en el que ratas de laboratorio habían recibido una dosis del deleitable suministro de estrofas, con el resultado esperado.

    Lo sucesivo sin embargo resultó ser poco grato ya que los aromas a cantina y las pláticas desvencijadas ahuyentaron a las postulantes. Los muchachos se quedaron entonces con el olor del bocadillo en el aire y las quijadas entre abiertas.

    Luego de un breve estudio de la situación, se regresaron a la cantina, donde un norteño había ya ultimado a su compadre. Habían empezado con mentadas de madre, escalaron a los empujones y luego sacaron “los fierros”, como dicen en el rancho. Dada la excitación del ambiente, los músicos pidieron otra ronda. Había en la tele un acalorado enfrentamiento entre “La mascara de la muerte” y “El triturador de media noche”. El mole escurría a chorros y el sudor de la cantina ambientaba la velada. En eso sonó el celular de Repúrgamo. El semblante se le desencajó mientras su abuelita le recordaba la cita con el dentista. La tenía a las 2 de la mañana, único momento que disponía el doctor en el horario económico. Muy a pesar del encarrilamiento obtenido, se desbandó entonces la velada. Cada quien tomó camino a su siguiente encuentro con el destino. Madres, esposas y abuelitas, el Yin en su esencia pura, es lo que finalmente mantiene el orden del universo, lo que hace posible las transiciones y lo que sostiene el caos en su espiral omnipotente, en su estado de balance cósmico.

    “Repurguis”, como le decía su abuelita, ya sentado en la silla del dentista, observó como el doctor Virtulio Quijada se sacaba la dentadura postiza y se ponía un tapabocas negro ya babeado.

    El pobre solo encogió el pescuezo y susurró un chasquido cuando la jeringa le penetró la encía. El nitrato de boro empezó a esfumarse entre los alvéolos y la quijada se le salió de la vertiente. El doc se había confundido de ampolleta y fue así como a Repurguis se le pusieron en blanco los ojitos, efecto de la transición cuando la enzima subyacente en la encefalopia despide un substrato alumínico natural. Se le apagó entonces el interruptor y nuestro héroe no supo más de lo que hasta esa fecha le había deparado el destino.

  • EL TLACUACHE DEL SUBCONSCIENTE

    Luis Eduardo Gañoso Porrúa sacó su clavo, lo enterró en el fango y calculó la hora. Eran ocho para las doce, minutos antes de su cita con la droga. Tomaba fenoxedrol ditramine, coadyuvante para la osmosis necesaria entre los lípidos y la dextrosa, compuesto natural encontrado bajo condiciones de necrosis subcutánea, cuando leucocitos y eritrocitos desarrollan una probóscide en el sistema endocrino. Luisito padecía de secuelas crónicas regresivas por su proximidad a Laguna Verde, la nucleo-eléctrica, cerca de Palma Sola.

    Charito Barrios Ranauro le exprimía los abscesos al son de la cumbia jarocha, un nuevo desarrollo en el entramado artístico-social, derivación directa de costumbres ancestrales y alteraciones genéticas.

    Ante la debacle del infortunio, el ser humano se transforma como puede, se adapta al medio aunque su extirpe se vea truncada de manera definitiva. Esto, siendo un descubrimiento póstumo a los hechos, desencadena reacciones de psicodrama calculado, resultado de estudios ya concluidos por el primer mundo.

    Fueron piezas de deshecho, reactores obsoletos y modelos fallidos que los del norte le vendieron al gobierno comprado, gobierno que solo veía por su imagen y por el bolsillo de sus dirigentes.

    El fenoxedrol ditramine era también un producto a prueba, que se suministraba a raíz de tratos en la cúspide. Los laboratorios RB (Rochester Biomedics) hacían su cómputo y repartían medicamentos gratuitamente en el tercer mundo. Luisito no tardó en mostrar reacciones secundarias. Su corteza cerebral empezó a transformar sus isótopos y la coloración del tuétano se le fue opacando. El gris ratón tomó la delantera mientras que sus ojeras cundieron como el aceite. En la ranchería lo apodaron “el hombre plateado”. Los niveles de plomo en su sangre rebasaron los límites de la gráfica y su mirada perdió la nitidez. Las palabras se le mezclaban y su equilibrio rebasó la burbuja.

    A Luisito se le apareció el tlacuache del subconsciente, para pasarle el recado cósmico. Es el tlacuache que solo se ve en la constelación de Andrómeda, cuando el eclipse se formula cada 538 años según el calendario Maya. Lo encamaron al medio día y para la cena ya había concluido la autopsia, requisito de RB para obtener veladoras para el sepelio.

  • GASTON

    Locating one’s soul among the undisclosed list of fresh arrivals was Theodore Roosevelt’s inner wish. This Theodore Roosvelt was Pancracio Cruzado Barrientos’ son, who had emmigrated from Mexico and had re-named his sibling in this manner so as to blend into American society. The name had nothing to do with the Monroe Doctrine nor the Big Stick, Pancracio had no idea about the implications involved. He was from Parangarico, Guanajuato and had fled in search of the American dream, as Mexico was being stripped of its resources by its real owners: Anglo-Saxon bankers headquartered in London.

    Upon his arrival at the Tijuana border, he’d met a man from Palletuttiripitiya who stamped a red dot on his forehead and pushed him through customs. There began his American dream…

    Years later, Pancracio’s son, Theodore Roosevelt Cruzado, despite his “all American” upbringing, was nevertheless tied to a powerful past: To his family’s clan and to the history of the Seri people, his ancestors.

    As his subconscious meandered through anecdotal debris and the sequential instincts of a Mesoamerican imprint, the unequivocal bend of affairs led him to the aurora-borealis, a place where souls can choose an alternate path, parallel to their terrestrial voyage.

    Theodore Roosevelt was at the moment in the limbo between two worlds, retrieving his crystallized roots and comparing them to the so-called basic premise of Reality as we perceive it today.

    Under the circumstances, he cautiously embraced the unknown and stepped forward.

    The step became a leap, the leap a fall and the fall evolved into a spiraling sequence of re-discoveries.

    A huge boulder appeared through the fog. Its texture came into focus and an indigo dog materialised sitting next to it. In other circumstances, Theodore would have changed course to avoid the beast, but in this case he followed a seemingly predetermined path of actions.

    The dog got up and urinated emerald lines on the boulder. Theodore walked passed him and reached the subconscious density. He crouched and sat with his back against a large astrophyllite rock. The dog approached the young man by sniffing his breath as it went up in a zigzag through the fog. Theodore looked up and saw a vertical horizon dividing east from west and going past the point of no return. A violet hue flared up at the vortex and a second dog jumped out through the opening. It was a white female. She came near Theodore and suddenly vomited a soft hairy bundle. As it lay on the ground, it started breathing through the skin. Theodore extracted a cedar leaf from under his tongue and placed it on the warm bundle: Deployment began to happen.

    It was a formidable achievement of nature: The puzzle came together, the carpet on the floor reorganized itself and Theodore entered through the ovulating secretion. It was first-class boarding, happening in Madame Bourguignon’s study room, where unexpected situations sometimes materialized. Afterwards, only his scent remained in the room, but it was quickly sniffed in by the canines, as they merged into one individual, deploying an array of blue, violet and green tonalities: It is Gaston, known as the blue dog.

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